Tuesday, May 24, 2011 | Por José Hugo Fernández
LA HABANA, Cuba, mayo (www.cubanet.org) – Puede parecer contradictorio
que luego de reclamar durante tanto tiempo el incremento del pequeño o
minúsculo negocio por cuenta propia (al menos eso), uno se baje ahora
con que hay demasiadas cafeterías particulares en La Habana, o con que
sobran las tarimas dedicadas a vender quincallería y utensilios menores.
Así que pongamos el parche antes que salga el hueco. No es que estén de
más, al contrario, esos establecimientos en los que muchos habaneros
buscan hoy el modo de gestionar los frijoles a cuenta y riesgo,
amparados por un estatus legal.
Lo preocupante no es que aumente la oferta de algunos servicios y
productos dentro de un mercado que durante decenios mantuvo sus
vidrieras como paisajes lunares, sino que tal aumento de la oferta no se
corresponda con algún avance, por ínfimo que sea, en las posibilidades
de la gente para comprar. Y aún preocupa más que las cifras de
trabajadores dedicados a los servicios se eleve en forma notablemente
desproporcionada con respecto a las de quienes producen.
Con licencia de los genios de la economía y con perdón de los optimistas
en estado puro, no capto la ventaja que pueda reportar que nos lancemos
masivamente a vender, digamos, dulces, si a la vez no aseguramos con
igual entusiasmo las producciones de azúcar o de harina, y si, para
colmo, ofertamos miles de variedades en un mercado con sólo unas pocas
decenas de reales compradores.
Podría estar equivocado, pero visto el asunto desde este ángulo, el
florecimiento excesivo de pequeñas tarimas de vendedores (en las que,
dicho sea de paso, casi todos se dedican a vender lo mismo) recuerda
cierta jugada del dominó.
Hay jugadores inexpertos a los que no les interesa nada más que salir
rápidamente de las fichas "gordas". A la primera oportunidad, sin
reparar en cálculos ni en las mañas que son propias del juego, sueltan
el doble nueve o cualquier ficha con los dígitos más altos, no con la
idea de ganar, sino porque al saberse perdidos de antemano, quieren que
sean menos las ganancias del que gane.
Tal vez esa sea la estrategia de nuestros caciques, quienes podrían
estar asumiendo el incremento de vendedores de dulces y quincallería
como una forma de quitarse de encima el doble nueve del desempleo, y no
para ganar, porque saben que el único triunfo posible depende del
incremento productivo, pero sí para ganar tiempo perdiendo menos
puntos, sin que les importe trancar el juego.
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