Tuesday, May 24, 2011 | Por Miguel Iturria Savón
LA HABANA, Cuba, mayo (www.cubanet.org) – Con 49 años, Omaida Díaz
Padilla, vecina de Avenida Porvenir 476 apto 37, La Palma, municipio
Arroyo Naranjo, en esta ciudad, siente que no vale la pena sobrevivir en
las condiciones en que se encuentra, tras casi un lustro con cáncer de
piel, una pierna amputada y abandonada por el segundo esposo y por los
compañeros del Ministerio de Agricultura y el sindicato del ramo, donde
laboró la mitad de su vida como oficinista, hasta desvincularse por
razones de salud, sin pensión por retiro ni peritaje médico.
Omaida languidece en su pequeño apartamento. El deterioro de su piel
acrecienta su malestar físico y espiritual; oscila entre la depresión y
el aburrimiento, del cuarto al baño, a veces a la sala, o de esta al
hospital. Ya no lee, no escucha música, no se entretiene con las
telenovelas ni con los programas humorísticos. Sólo su nieto, de 9 años,
o la hija de 32, cambian su rutina hogareña, interrumpida en ocasiones
por vecinos que le traen un plato de sopa y le hablan de vitaminas
reconfortantes.
La miseria incrementa las penurias de Omaida, pues su hija Juliet López,
empleada de la farmacia de La Palma, gana 250 pesos al mes, equivalente
a 10 dólares, lo que apenas alcanza para una semana, sin contar la
necesidad de adquirir culeros desechables, objetos de aseo personal, las
vitaminas imprescindibles y el transporte ocasional para chequeos
médicos que considera innecesarios.
Como ya no tiene tratamiento ni puede desplazarse con andadores, Omaida
a veces se cae al levantarse de la cama o la silla, lo cual acentúa su
dependencia y tristeza. Piensa entonces en gestionar algún asilo para no
molestar tanto a los suyos, pero su hija la convence de que en casa está
mejor, pues "la carencia de recursos convierte a esos lugares en
almacenes de desechos humanos".
Al agravarse las dolencias de su madre, Juliet solicitó ayuda a la
Dirección de Trabajo y Seguridad Social de Arroyo Naranjo, donde le
abrieron un expediente avalado por el médico, pero todo es tan
burocrático que olvidaron el asunto.
Omaida cree que la vida es un regalo de Dios, pero se siente olvidada
por el Señor; también por los parientes y amigos que se desentienden de
su desgracia. Casi nadie la visita, sólo Jesús, el padre de Juliet,
acompañado de su esposa Doris. Acuden siempre, a sus llamados de
urgencia, para trasladarla al médico en el auto.
Ante la certeza de la muerte, la penuria material de sus últimos años y
el olvido de los amigos, Omaida se pregunta: "¿Qué hice para merecer
este final? ¿Para qué seguir viviendo si no puedo caminar, atender a mi
nieto, ni ayudar a mi hija?".
Así piensa esta mujer resignada a lo peor. ¿Qué sucede con la
solidaridad humana ante historias que rebasan la ficción?
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